Hay bondades que entran de noche, por la boca entreabierta del que duerme, y se acomodan en uno con el sigilo de quien viene a hacer un bien.
Las cuatro fábulas que aquí se enhebran no fueron escritas para asustar; fueron escritas para acariciar, y eso es lo que más espanta. Cada una promete un alivio. Cada una lo cumple. Hay que leerlas despacio, con la yema del dedo sobre la página, porque su veneno no está en lo que arrancan sino en lo que conceden.
La culebrita
Primero llega la culebra blanca. Se desliza fría hacia adentro de un huésped dormido y, por pura bondad, le quita lo que más pesa: la urgencia de elegir, la fiebre de decir no. Le quita el temblor con que uno se equivoca. El huésped amanece liviano, sin esa aspereza interior que lo hacía tropezar contra el mundo; amanece eficiente, dócil, limpio. Vive mucho. Vive bien. "Al final el huésped recibió el premio completo: una vida larga, extensible, decorosa, sin alma que la manchara." La culebra lo salvó de todo, con una sola excepción que nadie en la casa supo nombrar, y que se notaba apenas, como un olor a flores en un cuarto donde no hay flores.
La narradora natal
Luego está ella, que nace ya contándose el nacimiento. No vive: se relata. Cada caída se le vuelve frase de buena factura; cada fiebre, símbolo; cada pérdida, una imagen pulida que reluce más que la pérdida misma. Y aquí está lo terrible, lo que da escalofrío de tan exacto: "No mentía: esa era su vileza más perfecta." Todo lo que decía era cierto, solo que dicho en lugar de vivido, como quien describe el sabor del pan con la boca vacía. Termina tendida sobre su propia prosa, reseca y santa, y una voz culta, maternal, de una ternura que corta, se inclina sobre ella para explicarla con dulzura y asegurarle, peinándole el pelo, que todo, absolutamente todo, valió la pena.
Desdén el pez
Después el río, y en el río Desdén, que recibe desde arriba cuanto cae: el aceite, la espuma, las aguas ya usadas de otros. Y como nadie quiere que muera, lo multiplican; lo cuidan multiplicándolo. Nadie muere en ese río: ese es el horror. La abundancia, que parecía un don, se espesa hasta volverse hacinamiento, hasta que ya no se sabe dónde termina un pez y empieza el siguiente. "Cuando uno temblaba, todos temblaban." El río deja de ser muchos y pasa a ser una sola criatura repetida, dichosa según las leyes mansas del estanque, sin un solo borde por donde asomarse a lo que no es ella misma.
El espécimen ineficiente
Y al final la criatura pequeña, la que se cree distinta, elegida, la que trabaja de noche para corregirse. Persigue un despertar que aplaza con disciplina amorosa: mañana, el año que viene, en esta vida o en la próxima. A cada esfuerzo la premian con un ascenso, y cada ascenso la deja en un cuarto más blanco, más callado, más alto, donde se oye mejor el propio corazón porque ya no hay nada más que oír. "Había aprendido a llamar oportunidad al pasillo interminable." Camina sin saber que la vitrina, esa que tanto brilla, también conserva insectos muertos, y los conserva con el mismo esmero con que la conserva a ella.
El hilo
Mírense las cuatro juntas, ahora, a la luz pareja del amanecer.
Un cuidado que borra la voluntad. Una narración que reemplaza el vivir. Una misericordia que se vuelve apretujamiento. Un porvenir de oportunidades que, al andarlo, era un corredor sin puertas. Las cuatro nos ofrecen una virtud verdadera, no una mentira: bondad, belleza, piedad, esperanza. Las cuatro la cumplen sin trampa. Y sin embargo, acercándose, con la nariz casi tocando la materia, uno huele lo mismo en todas: el aire quieto de los lugares donde ya no hay riesgo de equivocarse, porque tampoco hay nada que elegir.
Eso es lo que ninguna supo nombrar y todas tuvieron: el alma, ese estorbo, esa cosa que se mancha. La culebra la disolvió por bondad. La narradora la cambió por adjetivos. El río la diluyó en la multitud. La vitrina la prendió con un alfiler y la puso a brillar bajo una etiqueta.
Quedan así, las cuatro, vivas y conservadas, largas y decorosas, santas y multiplicadas y ascendidas, perfectas en su quietud de flores de cera. No les falta nada. Les falta, apenas, lo que late.
Y uno cierra el libro con cuidado, como se cierra la puerta de un cuarto donde alguien duerme bien; y se queda un rato a oscuras, palpándose el pecho, buscando esa fiebre vieja y áspera de decir no, no sea cosa que, sin darse cuenta, ya se la hayan quitado.
